LA ENFERMEDAD - TIEMPO DE DESIERTO

 

JESÚS EN EL DESIERTO 

La enfermedad y el sufrimiento por cualquier tipo de circunstancia o situación, es un tiempo de desierto, de zozobra, de inseguridad, de temor y también de dolor, que nos une especialmente al Señor en el tiempo de Cuaresma, primero en el desierto y despues en su Pasión y Muerte en Cruz. Pero la certeza que nos trae nuestra fe es que Jesucristo ha resucitado y con ello ha vencido la muerte y a toda forma de mal. Y si miramos su Cruz con amor, el que de ella se desprende porque en una cruz dio la vida Nuestro Redentor por nosotros, y unimos nuestras cruces a la suya, sentiremos el alivio inmediato que procede de que el Señor carga con nuestra cruz "Venid a Mi los cansados y agobiados y yo os aliviaré"; y nos lleva en esa unión de voluntades al gozo de la Resurrección que ha ganado para nosotros y que ya de inmediato supone la fortaleza, esperanza y paz que se deriva de esta aceptación que hacemos también por amor a Dios de nuestras cruces, y la confianza que en Jesús ponemos al abandonarnos y unirnos a Él, que por pura misericordia nos asocia a su Redención, haciéndonos corredentores con Él, como también es María, la Madre que siempre estuvo junto a la Cruz del Hijo, amando, alentando, sufriendo, obedeciendo y confiando en que al final, como siempre ocurre, todo será para el bien de los que aman al Señor. Y ese poder asociarnos a la Redención de Cristo, algo que todos podemos hacer por el Bautismo, ofreciendo nuestras cruces al Padre unidos al Redentor, nos hace partícipes de la lluvia de bendiciones que ello trae sobre el mundo, para la Iglesia y sus intenciones, para nuestras familias y para nosotros, procedentes de un Padre bueno y misericordioso, cuya generosidad es grande e infinita, así como su amor.¡ Bendito y Alabado sea siempre nuestro Señor!

Uniéndonos a Jesús en el desierto y contemplándole, vemos que nos  invita a llevarnos con Él.  Pero a un desierto contemplativo en medio de la actividad del mundo, el desierto de nuestro interior donde nos encontraremos con Dios.
Para ello hemos de conocer y tener la experiencia del abandono.  Una vivencia interior,  dentro de las circunstancias en que vivimos y la vocación a la que hemos sido llamados. Experiencia del amor en la desolación, en las pruebas,  en las dificultades.
Él  nos espera siempre.  Y aunque nos alejemos,   y hayamos sido infieles a su amor,   no temamos volver. Le haremos feliz.  El Padre como se nos dice en  la Parábola  del Hijo Pródigo quiere estrecharnos entre sus brazos y celebrar una fiesta.
Es la de la misericordia que hemos de vivir,  y también transmitir a nuestros enfermos y mayores de las residencias y hospitales.  Que no  tengan miedo,  que no se preocupen del pasado,  el Padre está deseando abrazarles.   Tiene entrañas de ternura,  de misericordia.  Es un Dios conmovido,  que quiere aliviar sus dolores físicos y espirituales.   Y en el sacramento de la Penitencia todas las heridas quedarán curadas.   Sólo el amor verdaderamente sana.
La conversión es un don de Dios que hay que agradecer y pedir para nuestros hermanos que no lo tienen,  que no conocen el amor del Señor,  un amor que ha llegado hasta el sacrificio de la Cruz para redimirnos y salvarnos.
Para mirar el mundo con amor,   hemos de haber vivido la experiencia de Dios,  cómo Él nos conoce,  cómo se dirige a nosotros,  y nos cuida y protege. 
Dios es un Dios enamorado de nosotros.  Y así lo cantan los profetas. El libro de Isaías expresa siempre esta realidad:

"Con amor eterno te amé, te llevo tatuado en la palma de mi mano,  tu eres mío y te amo"...  "eres muy importante para mí".
 Esta vivencia del amor de Dios no se puede vivir individualmente.  Y se ha de vivir en renuncia al propio yo,  en todos los lugares  y  situaciones.  Y la renuncia nos lleva a la sinceridad del amor.
Oseas nos habla de ese abandono.  Y también de la reconciliación del Señor con su pueblo, un amor esponsal.  Como Cristo ama a su Iglesia,  salida de su Costado traspasado por amor,  y cuerpo del que Él es la cabeza.

" Por eso, yo la seduciré, la llevaré al desierto,  y le hablaré a su corazón.
Allí, ella responderá como en los días de su juventud, 
como el día en que subía del país de Egipto.
Aquel día —oráculo del Señor—
tú me llamarás: "Mi Esposo" 
Yo estableceré para ellos, en aquel día, 
una alianza con los animales del campo, 
con las aves del cielo y los reptiles de la tierra; 
extirparé del país el arco, la espada y la guerra, 
y haré que descansen seguros.
Yo te desposaré para siempre, 
te desposaré en la justicia y el derecho, 
en el amor y la misericordia;
te desposaré en la fidelidad, 
y tú conocerás al Señor."

Y el Señor nos invita a estar siempre en ese amor primero,  a no acostumbrarnos, a no enfriarnos,   estando siempre  ilusionados con nuestro Enamorado.   A vivir en un "tú a Tú".
Y hay que tener siempre recuerdo de ese amor,  no  olvidarnos.
Dios se abre al sueño del amor, a la promesa,  y crea una alianza con su pueblo, con nosotros,   a la que siempre es fiel.
¿Cómo vivimos ese amor de Dios?  ¿Somos capaces de responder?  ¿Amamos a los demás como Él los ama?  ¿Somos capaces de meternos hasta el fondo,  de comprometernos,  de tocar las llagas de nuestros hermanos,   las cruces  del enfermo y mayor en cuyo corazón late y sufre el Corazón de Jesús?  Es lo que hace Dios.. toca el corazón herido. Pero hemos de aprender del Señor.  Él no se queda en el dolor,  lo transciende,  lo convierte en amor.
Contemplamos también al Profeta Jeremías.  El no quería ser profeta,  fue un hombre llevado a ello por la Voluntad de Dios.  Pero fue conquistado por el Señor:  "Me sedujiste y me dejé seducir".  Sufrió mucho de incomprensiones al igual que todos los profetas,  le trataron muy mal.  Pero Jeremías siempre recordó las bendiciones que le había hecho el Señor,  y eso hemos de hacer siempre para vencer y superar los momentos difíciles de nuestra vida.
Y nunca olvidar que no es lo que yo quiero,  sino lo que quiere Él lo que importa,   y que nunca nos va a dejar solos.
Jeremías descubre que el Señor nos ama con amor eterno.  "Con amor eterno te he amado".  Cuando el amor es verdadero, es para siempre.
Y en otro profeta,  Ezequiel,  vemos también la fuerza del amor.  El mira a su pueblo destruido,  pero descubre que Dios no le ha abandonado.  Y sabe que el Señor puede hacer todo crecer,  todo nuevo:

" Os recogeré de entre las naciones, os reuniré de todos los países, y os llevaré a vuestra tierra. Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar. Y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos. Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios
"Derramaré un espíritu nuevo...  aquí nos habla del Sacramento de la Penitencia.

Cuanto más nos abandonamos al Señor,  cuanto más nuestra voluntad va siendo conforme con la suya,  el Espíritu puede hacer en nosotros esos hermosos moldes  que el Padre ha soñado.
Seguir con nuestra vida el  "sí"  de María,  en la escuela de la Madre,  camino de perfección y santidad.

Y en Jeremías también se nos dice con alegría  y muy relacionado con Alabanza con María:
"De nuevo lucirás tu belleza bailando, alegremente, con tus panderetas",  lo que hacemos siempre en las residencias,  con la belleza que nos contagia la Madre,  la que nos  da la alegría del Espíritu que como lluvia de bendiciones se derrama  sobre nuestros enfermos y mayores y  nosotros,  familias e intenciones   y sobre toda la Iglesia,   al subir al Cielo  la Alabanza de la Madre,  su Magníficat.